{"id":1382,"date":"2020-03-16T12:04:09","date_gmt":"2020-03-16T12:04:09","guid":{"rendered":"https:\/\/lamoliciedeagullo.com\/?p=1382"},"modified":"2020-03-16T12:04:09","modified_gmt":"2020-03-16T12:04:09","slug":"cronicas-del-confin-la-mascara-de-la-muerte-roja-e-a-poe","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/test.lamoliciedeagullo.com\/?p=1382","title":{"rendered":"Cr\u00f3nicas del conf\u00edn: La m\u00e1scara de la muerte roja (E.A. Poe)"},"content":{"rendered":"<p>Tercer d\u00eda de confinamiento en La Guancha (norte de Tenerife, bajo el Teide); el sol luce aunque las nubes se resisten a desaparecer y aguardan discretamente amenazantes. Un buen momento para recordar la tenebrosa narraci\u00f3n de <strong>Edgar Allan Poe <\/strong>a prop\u00f3sito de la pandemia&#8230;<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>Lunes, 16 de marzo. La Guancha<br \/>\n<\/em>M\u00fasica recomendada: <a href=\"https:\/\/www.youtube.com\/watch?v=0lVdMbUx1_k\"><strong>Black Sabbath (Black Sabbath)<\/strong><\/a><\/p>\n<p>La \u201cMuerte Roja\u201d hab\u00eda devastado el pa\u00eds durante largo tiempo. Jam\u00e1s una peste hab\u00eda sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnaci\u00f3n y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un v\u00e9rtigo repentino, y luego los poros sangraban y sobreven\u00eda la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la v\u00edctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpat\u00eda, y la invasi\u00f3n, progreso y fin de la enfermedad se cumpl\u00edan en media hora.<\/p>\n<p>Pero el pr\u00edncipe <strong>Pr\u00f3spero<\/strong> era feliz, intr\u00e9pido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llam\u00f3 a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retir\u00f3 con ellos al seguro encierro de una de sus abad\u00edas fortificadas. Era \u00e9sta de amplia y magn\u00edfica construcci\u00f3n y hab\u00eda sido creada por el exc\u00e9ntrico aunque majestuoso gusto del pr\u00edncipe. Una s\u00f3lida y alt\u00edsima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Hab\u00edan resuelto no dejar ninguna v\u00eda de ingreso o de salida a los s\u00fabitos impulsos de la desesperaci\u00f3n o del frenes\u00ed. La abad\u00eda estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos pod\u00edan desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El pr\u00edncipe hab\u00eda reunido todo lo necesario para los placeres. Hab\u00eda bufones, improvisadores, bailarines y m\u00fasicos; hab\u00eda hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.<\/p>\n<p>Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusi\u00f3n, y cuando la peste hac\u00eda los m\u00e1s terribles estragos, el pr\u00edncipe Pr\u00f3spero ofreci\u00f3 a sus mil amigos un baile de m\u00e1scaras de la m\u00e1s ins\u00f3lita magnificencia.<\/p>\n<p>Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayor\u00eda de los palacios, la sucesi\u00f3n de salones forma una larga galer\u00eda en l\u00ednea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galer\u00eda. Pero aqu\u00ed se trataba de algo muy distinto, como cab\u00eda esperar del amor del pr\u00edncipe por lo extra\u00f1o. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visi\u00f3n no pod\u00eda abarcar m\u00e1s de una a la vez. Cada veinte o treinta metros hab\u00eda un brusco recodo, y en cada uno nac\u00eda un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana g\u00f3tica daba a un corredor cerrado que segu\u00eda el contorno de la serie de salones. Las ventanas ten\u00edan vitrales cuya coloraci\u00f3n variaba con el tono dominante de la decoraci\u00f3n del aposento. Si, por ejemplo, la c\u00e1mara de la extremidad oriental ten\u00eda tapicer\u00edas azules, v\u00edvidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicer\u00edas y ornamentos purp\u00fareos, y aqu\u00ed los vitrales eran p\u00farpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta hab\u00eda sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El s\u00e9ptimo aposento aparec\u00eda completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta c\u00e1mara el color de las ventanas no correspond\u00eda a la decoraci\u00f3n. Los cristales eran escarlata, ten\u00edan un color de sangre.<\/p>\n<p>A pesar de la profusi\u00f3n de ornamentos de oro que aparec\u00edan aqu\u00ed y all\u00e1 o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no hab\u00eda l\u00e1mparas ni candelabros. Las c\u00e1maras no estaban iluminadas con buj\u00edas o ara\u00f1as. Pero en los corredores paralelos a la galer\u00eda, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados tr\u00edpodes que sosten\u00edan un \u00edgneo brasero cuyos rayos se proyectaban a trav\u00e9s de los cristales te\u00f1idos e iluminaban brillantemente cada estancia. Produc\u00edan en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fant\u00e1sticos. Pero en la c\u00e1mara del poniente, la c\u00e1mara negra, el fuego que a trav\u00e9s de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombr\u00edas colgaduras, produc\u00eda un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloraci\u00f3n tan extra\u00f1a a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner all\u00ed los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de \u00e9bano. Su p\u00e9ndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, mon\u00f3tono; y cuando el minutero hab\u00eda completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entra\u00f1as de bronce del mecanismo nac\u00eda un ta\u00f1ido claro y resonante, lleno de m\u00fasica; mas su tono y su \u00e9nfasis eran tales que, a cada hora, los m\u00fasicos de la orquesta se ve\u00edan obligados a interrumpir moment\u00e1neamente su ejecuci\u00f3n para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras a\u00fan resonaban los ta\u00f1idos del reloj, era posible observar que los m\u00e1s atolondrados palidec\u00edan y los de m\u00e1s edad y reflexi\u00f3n se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditaci\u00f3n o a un ensue\u00f1o. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nac\u00edan en la asamblea; los m\u00fasicos se miraban entre s\u00ed, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se promet\u00edan en voz baja que el siguiente ta\u00f1ido del reloj no provocar\u00eda en ellos una emoci\u00f3n semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nac\u00edan el desconcierto, el temblor y la meditaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Pese a ello, la fiesta era alegre y magn\u00edfica. El pr\u00edncipe ten\u00eda gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desde\u00f1aba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con b\u00e1rbaro esplendor. Algunos podr\u00edan haber cre\u00eddo que estaba loco. Sus cortesanos sent\u00edan que no era as\u00ed. Era necesario o\u00edrlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El pr\u00edncipe se hab\u00eda ocupado personalmente de gran parte de la decoraci\u00f3n de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto hab\u00eda guiado la elecci\u00f3n de los disfraces.<\/p>\n<p>Grotescos eran \u00e9stos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmag\u00f3rico. Ve\u00edanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, ve\u00edanse fantas\u00edas delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete c\u00e1maras se mov\u00eda, de un lado a otro, una multitud de sue\u00f1os. Y aquellos sue\u00f1os se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extra\u00f1a m\u00fasica de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.<\/p>\n<p>Mas otra vez ta\u00f1e el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inm\u00f3vil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sue\u00f1os est\u00e1n helados, r\u00edgidos en sus posturas. Pero los ecos del ta\u00f1ido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la m\u00fasica, viven los sue\u00f1os, contorsion\u00e1ndose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los tr\u00edpodes. Mas en la c\u00e1mara que da al oeste ninguna m\u00e1scara se aventura, pues la noche avanza y una luz m\u00e1s roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aqu\u00e9l cuyo pie se pose en la sombr\u00eda alfombra, brota del reloj de \u00e9bano un ahogado resonar mucho m\u00e1s solemne que los que alcanzan a o\u00edr las m\u00e1scaras entregadas a la lejana alegr\u00eda de las otras estancias.<\/p>\n<p>Congreg\u00e1base densa multitud en estas \u00faltimas, donde afiebradamente lat\u00eda el coraz\u00f3n de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a o\u00edrse los ta\u00f1idos del reloj anunciando la medianoche. Call\u00f3 entonces la m\u00fasica, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj deb\u00eda ta\u00f1er doce campanadas, y quiz\u00e1 por eso ocurri\u00f3 que los pensamientos invadieron en mayor n\u00famero las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quiz\u00e1 tambi\u00e9n por eso ocurri\u00f3 que, antes de que los \u00faltimos ecos del carrill\u00f3n se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alz\u00f3se al final un rumor que expresaba desaprobaci\u00f3n, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparici\u00f3n ordinaria no hubiera provocado semejante conmoci\u00f3n. El desenfreno de aquella mascarada no ten\u00eda l\u00edmites, pero la figura en cuesti\u00f3n lo ultrapasaba e iba incluso m\u00e1s all\u00e1 de lo que el liberal criterio del pr\u00edncipe toleraba. En el coraz\u00f3n de los m\u00e1s temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoci\u00f3n. A\u00fan el m\u00e1s relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parec\u00edan sentir en lo m\u00e1s hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La m\u00e1scara que ocultaba el rostro se parec\u00eda de tal manera al semblante de un cad\u00e1ver ya r\u00edgido, que el escrutinio m\u00e1s detallado se habr\u00eda visto en dificultades para descubrir el enga\u00f1o. Cierto, aquella fren\u00e9tica concurrencia pod\u00eda tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se hab\u00eda atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, as\u00ed como el rostro, aparec\u00edan manchados por el horror escarlata.<\/p>\n<p>Cuando los ojos del pr\u00edncipe Pr\u00f3spero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsion\u00f3se en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeci\u00f3 de rabia.<\/p>\n<p>-\u00bfQui\u00e9n se atreve -pregunt\u00f3, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, qui\u00e9n se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? \u00a1Apod\u00e9rense de \u00e9l y desenmasc\u00e1renlo, para que sepamos a qui\u00e9n vamos a ahorcar al alba en las almenas!<\/p>\n<p>Al pronunciar estas palabras, el pr\u00edncipe Pr\u00f3spero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el pr\u00edncipe era hombre temerario y robusto, y la m\u00fasica acababa de cesar a una se\u00f1al de su mano.<\/p>\n<p>Con un grupo de p\u00e1lidos cortesanos a su lado hall\u00e1base el pr\u00edncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en direcci\u00f3n al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al pr\u00edncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensi\u00f3n que la insana apariencia de enmascarado hab\u00eda producido en los cortesanos impidi\u00f3 que nadie alzara la mano para detenerlo; y as\u00ed, sin impedimentos, pas\u00f3 \u00e9ste a un metro del pr\u00edncipe, y, mientras la vasta concurrencia retroced\u00eda en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, sigui\u00f3 andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo hab\u00eda distinguido. Y de la c\u00e1mara azul pas\u00f3 la p\u00farpura, de la p\u00farpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde \u00e9sta a la blanca y de all\u00ed, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el pr\u00edncipe Pr\u00f3spero, enloquecido por la ira y la verg\u00fcenza de su moment\u00e1nea cobard\u00eda, se lanz\u00f3 a la carrera a trav\u00e9s de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Pu\u00f1al en mano, acerc\u00f3se impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que segu\u00eda alej\u00e1ndose, cuando \u00e9sta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvi\u00f3 de golpe y enfrent\u00f3 a su perseguidor. Oy\u00f3se un agudo grito, mientras el pu\u00f1al ca\u00eda resplandeciente sobre la negra alfombra, y el pr\u00edncipe Pr\u00f3spero se desplomaba muerto. Pose\u00eddos por el terrible coraje de la desesperaci\u00f3n, numerosas m\u00e1scaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanec\u00eda erecta e inm\u00f3vil a la sombra del reloj de \u00e9bano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la m\u00e1scara cadav\u00e9rica que con tanta rudeza hab\u00edan aferrado no conten\u00edan ninguna figura tangible.<\/p>\n<p>Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Hab\u00eda venido como un ladr\u00f3n en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de org\u00eda manchadas de sangre y cada uno muri\u00f3 en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de \u00e9bano se apag\u00f3 con la del \u00faltimo de aquellos alegres seres. Y las llamas de los tr\u00edpodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupci\u00f3n, y la Muerte Roja lo dominaron todo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tercer d\u00eda de confinamiento en La Guancha (norte de Tenerife, bajo el Teide); el sol luce aunque las nubes se resisten a desaparecer y aguardan discretamente amenazantes. 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