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Xavier Agulló

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Ni sin Kafka, ni sin Escher, ni sin Banach-Tarski… Ni sin todos aquellos que se han aventurada en tierras prohibidas y a menudo hostiles, en territorios que pueden llevar a la desazón íntima, a la incomprensión que los timoratos llaman con desdén locura. Un mundo sin Andoni, más allá de la obvia hipérbole del título, sería ciertamente posible; pero se me haría anodino, vacío. Y peor de lo que es.

No hay nada como transgredir. Hacer gamberradas. Eso es muy fácil en la cocina, porque, al fin y al cabo, nosotros mismos, y acaso algunos amigos fieles, seremos los únicos destinatarios del invento.
En esa onda, si quieres alucinar con algo sorprendente y muy loco, prueba con esa fácil, facilísima receta. Tan fácil como lanzar unos macarrones contra una Torta del Casar.
Esta elaboración hay que hacerla cuando ya  quede la mitad queso en el interior. Antes de fatigar hasta el delirio las paredes y el fondo, sé cool y aprovecha el viento de cola…

Ingredientes:

1 Torta del Casar
300 g de macarrones
Sal

Procedimiento:

Hierve los macarrones en agua con sal dejándolos un punto crudos. Pon la torta con el remanente de queso en el microondas durante 30 segundos a 350º, el tiempo justo para templarlo.
Coloca los macarrones en su interior, hundiéndolos en la crema que quede, con la ayuda de un pincho o un pequeño tenedor. Nada más, tío. La diversión en la mesa está garantizada. Asegúrate de comprar una torta que esté muy blandita. Degustar al unísono y a cucharadas, porque son dos días. Música recomendada: Metallica.

Los “sabedores” son despreciables. Son esos ingratos que nos joden recurrentemente desde su impostada superioridad, fruto siempre de una personalidad borderline, una posición frívolamente ventajosa, una audacia indecente y, desde luego, una ignorancia pavorosamente activa.

Artículo (editorial) publicado en la revista Summum (Grupo Zeta)  en 2001.

Música recomendada: Book of Saturday (King Crimson) 

Cuando las cosas van mal, la depresión acecha tras cualquier recodo o las ilusiones se desvanecen en una realidad opaca e irremediable, siempre me queda Jack London. A él vuelvo. A aquel desconocido cuento en el que narra la terrible vida de un condenado a cadena perpetua. En el relato, basado en la extraña relación entre el penado y su carcelero, el primero, a pesar de sufrir una hórrida condena, logra, gracias a su imaginación y a su libre albedrío (lo único que nada ni nadie nos puede sustraer), tener una vida plena. Se casa, tiene hijos y es feliz. El verdugo, estupefacto ante la creciente felicidad del reo, extrema sus torturas, aprieta más los grilletes, elimina la comida… pero todo es en vano. Al final, el reo muere con una sonrisa en la boca.